Just keep going: la lección que encontré en la última etapa del Camino de Santiago

En mayo de 2025 cumplí uno de esos viajes que se quedan grabados para siempre en la memoria: recorrí el Camino de Santiago en bicicleta, desde la salida en Roncesvalles hasta la plaza del Obradoiro en Santiago de Compostela.

Fueron cientos de kilómetros de subidas exigentes, paisajes cambiantes, esfuerzo físico constante y, sobre todo, de encuentros fortuitos que le dan verdadero sentido a cualquier travesía.

Para la última etapa, que nos llevaba desde Palas de Rei hasta Santiago de Compostela, decidí tomarme las cosas con otra calma. Después de tantas jornadas sobre el sillín, esa última jornada no era para correr contra el reloj. Iba rodando junto a unos amigos argentinos que había ido conociendo a lo largo de las etapas anteriores; nos deteníamos con frecuencia a tomar fotos, compartir un café, conversar y asimilar que estábamos a pocas horas de completar el objetivo.

En una de esas tantas pausas en el camino, mientras volvíamos a montar en las bicicletas, alcanzamos a una chica alemana. Iba sola, a pie, con su mochila a cuestas y un paso rítmico, constante e inquebrantable.

A quienes viajamos en dos ruedas nos cuesta a veces dimensionar el desgaste y la tremenda exigencia física que supone hacer el Camino caminando etapa tras etapa. Me llamó profundamente la atención su concentración y su determinación: su meta también era llegar ese mismo día a Santiago.

En uno de los tramos reduje la velocidad para pedalear a su lado, saludarla y expresarle mi sincera admiración por el esfuerzo y el ritmo que llevaba. Ella me miró con una sonrisa serena, sin dramatismos ni pretensiones, y me respondió con apenas tres palabras:

«Just keep going».

Solo eso: simplemente sigo avanzando.

No hubo discursos motivacionales extensos ni fórmulas complejas. En la sencillez de esa frase se condensaba toda su filosofía para ese día: no pensar en los kilómetros que faltan, no fijarse en el cansancio acumulado, no dejarse vencer por el dolor en los pies o el peso de la mochila. Simplemente dar el siguiente paso. Y luego otro. Y otro más.

Aquel día llegamos a Santiago de Compostela. La entrada en bicicleta por la plaza del Obradoiro fue emocionante: abrazos, fotos frente a la majestuosidad de la Catedral y los trámites de rigor en la Oficina del Peregrino para recoger la Compostela.

Horas más tarde, mientras descansábamos en la plaza contemplando el flujo constante de peregrinos, ocurrió algo especial: entre la multitud vi entrar a la chica alemana. Lo había conseguido. Se le notaba el cansancio en el cuerpo, pero en su rostro brillaba esa satisfacción inmensa de quien se trazó una meta exigente y no paró hasta cruzarla.

Acercarme a saludarla y felicitarla fue uno de los momentos más gratificantes de todo el viaje. Verla allí fue la confirmación palpable de la fuerza de su mensaje: tarde o temprano, la constancia te pone en la meta.

Desde aquel mayo de 2025, «Just keep going» se ha convertido en una especie de mantra personal.

Aplica a los proyectos profesionales, a los retos de la vida cotidiana y a esos momentos en los que sentimos que el camino se desdibuja, que la meta está demasiado lejos o que las fuerzas empiezan a flaquear. En esos instantes no hace falta buscar atajos imposibles; basta con tomar aire, concederse un breve respiro, recuperar el foco y, con determinación silenciosa:

Just keep going.

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